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quinta-feira, 22 de novembro de 2007

musalide


Musalide es una chica del norte, nació en el norte del país, viajó al norte de una isla, y tiene su propio norte muy al norte . Ella es de esas personas que con sus enormes ojos azules recoge miles de imágenes en sus retinas, las almacena y cuando habla de ellas, todos los que escuchan las reciben en sus cabezas. Normalmente habla poco, pero cuando lo hace, vale la pena haberlo esperado, y en sus relatos encuentras grandes acontecimientos, lugares mágicos o sencillas historias llenas de ella, de hermosura, de aire frío de glaciares.
Hace tiempo que no escribía, hace tanto que creo que hemos cambiado de estación dos veces, pero como donde ella está el clima va de otra manera, no creo que lo haya notado tanto como yo. Siempre me cuenta que está bien, que añora a los suyos y que pasa mucho frío, pero ahora algo ha cambiado su rutina, porque está llena de calor, de abrigo, porque ahora esas noches frías y largas del fiordo, están más llenas de vida y se hacen cortas, se colman de abrazos y besos y mas cosas que han conseguido endulzarle estos meses lejos de nosotros.

sábado, 27 de outubro de 2007

Oído



En una ocasión, escuchando contar historias de la guerra, de la guerrilla, de mi amigo Fermín, que lo vivió en su propia piel, imaginé como debió de ser. Solíamos reunirnos a comer y compartir nuestras vidas, hablar de los hijos, los nietos, contarnos los achaques o arreglar el país, dos veces al año, una paella en el campo o un botillo en febrero.
Fermín solía hablar siempre de la vida que vivió fuera, en Francia, luego en Bélgica, casi nunca se le oía hablar de las calamidades de la guerra ni de su lucha por salir con la vida en un atillo por los Pirineos arriba. Pero ahora que perdía el oído, casi ciego por los años, se lamentaba de lo importante que le parecía dejar de oír el mundo, y a raíz de ese contratiempo de la edad se arrancó a contar lo que pasó en esos días que vivió tratando de cruzar la frontera y huir a Francia.
Entonces no tendría más de quince años, pero había luchado como un hombre en el frente, con sus hermanos y hermanas, su madre y su padre, todos defendieron los tres colores de la bandera hasta el final. Se perdieron por trincheras y contiendas en las que conocieron el horror, la derrota y finalmente la cárcel. De allí precisamente escapó Fermín, casi muerto, de camino al cementerio el carretero escuchó toser al muchacho, que casi se ahogaba en su propia sangre, que le rezumaba por la boca sin descanso. Aquel hombre lo dejó con cuidado en un rincón del cementerio, sin incluirlo en la lista de difuntos, y lo llevó a una casa cercana donde lo cuidaron entre dos ancianos, que lo mimaron con tanto esmero que sufrió al marchar.
Una camisa limpia un par de calcetines de lana y un pañuelo, envuelto en un lienzo de algodón que anudó dos veces y se echó a la espalda. Poco pesado su equipaje, ligero de carnes y con esperanza en la huida. No tuvo otras alternativas, ya habría muerto en la cárcel o en cualquier cuneta, así que siguiendo indicaciones de antiguos contrabandistas, se lanzó al monte.
La primera noche pasó enseguida y el día era arriesgado, se cobijó pues en una grutilla que encontró de camino. Allí pasó un día entero, a oscuras, en lo profundo de la cueva, y escuchó latir su corazón con fuerza, escuchó sus propios jadeos al sentirse descubierto, y sus suspiros al comprobar infundados sus temores, oía caer un goteo incesante desde el techo hacia un pequeño charco, y sentía un poco lejos, el curso del agua de un riachuelo. Pudo escuchar, durante horas, como se retorcían sus tripas ante el hambre canina que le encogía el vientre, pero no se movió ni un paso, no abrió los ojos mientras estuvo alli, pero lloró mucho. En aquel lugar oscuro, frío, húmedo en donde sentía su soledad y una inseguridad insoportable, imaginó su cuerpo tirado en una fosa junto a los amigos y compañeros de celda, muchos de ellos conocidos desde la cuna, y como se iría muriendo escuchando caer la tierra encima de su espalda, el golpeteo de la pala en el suelo y el sonido de su corazón parándose.
Pero mi amigo cruzó las montañas, oyendo los pasos hacia una vida en libertad, al menos sin miedos represivos, y pudo grabar en su memoria esas primeras palabras en francés que sonaron en sus oidos como música.
Fermín describía como nadie esos momentos que habían sido tan intensos, decisivos en su historia personal, y todos escuchábamos en silencio solemne, mientras alguien enjugaba una llantina o tragaba saliva, porque algo así duela aun hasta oído de boca de otro, más aún de un compañero.
(imagen tomada de www.pirineos.com)

quarta-feira, 26 de setembro de 2007

PARTES (FIN)



Para finalizar el recorrido por mi geografía propia, por los descoloridos paisajes de mi cuerpo, las curvas, las subidas y bajadas, los cambios y la madurez, me echo un vistazo general que encuadro en una retrospectiva evolutiva.
Viajo mentalmente por la pubertad, en la que me miraba el pecho plano, las carnes escasas, las nalgas escurridas, el afloramiento de los primeros vellos, las primeras amenazas hormonales. Imaginaba el cuerpo que deseaba, los senos, las curvas que marearían a quien mirase fijamente, la melena adornando mis hombros y tal vez descolgándose por mi espalda. Soñaba con los maquillajes, colores en mi cara, como cuando miraba a mi madre pintarse la boca. Esa imagen del carmín rojo deslizándose desde el centro del labio hacia las comisuras, derramando ese brillo encendido, resaltando el perfecto esmalte de sus dientes, que parecía crecían su boca, me siguió durante toda mi vida, hasta que yo misma me atreví a repetir ese ritual de seducción y lanzarme al mundo con mi boca roja y mi escote generoso.
En una ocasión me sorprendió mi padre con los zapatos de charol de mi hermana mayor. Yo me defendí como pude, inventando un cúmulo de absurdas casualidades que me habrían obligado, prácticamente, a caer sobre aquel andamiaje impropio de mí. Si la cara de mi padre era un poema, imagino la de mi hermana, con los ojos rezumando ira. Supongo que aquello no trascendió, pudiendo suponerme una terrible bronca, como yo esperaba, porque son chiquillerías que un adulto no valora. Lo curioso es que más tarde, cuando los zapatos eran míos, de mi número, y volvió a verme mi padre, y después mi madre y mi hermana, fue cuando verdaderamente tomó el dramatismo que no cabía esperar. Fue una noche cualquiera de fin de año, y yo salía con mi grupo de amigos, íbamos a un club de moda, vestíamos llamativos modelitos escogidos especialmente para esa noche, y en la puerta de mi casa me abordó mi familia, obligándome a cambiar mi ropa, por inapropiada.
Después de aquello pasó mucho tiempo hasta que volví a aquella casa que ya no era la mía. Pasó aún mas tiempo hasta que volví a mostrar mi cuerpo desnudo.
El cuerpo que tenía desde que nací ha cambiado un poco, además de lo que ha sido contorneado naturalmente por el tiempo, yo he modelado algunos detalles en un hospital carísimo de Ámsterdam. En especial son esos pequeños detalles los que más aprecio, no solo por la inversión económica que me han supuesto. Son la base de mi identidad, son lo que represento para la sociedad, para los demás. Me entristecía no sentir la aceptación de mi familia, sigo sin sentirla, pero ahora miro mi cuerpo y soy yo quien lo acepta. Tengo un montón de zapatos de tacón y me paseo por todas las pistas de baile que lo solicitan, o por cada fiesta a la que me invitan, me encanta salir y vestir esa ropa que antes, en mi adolescencia, no se me permitía.
No puedo decir que haya olvidado lo que era cuando nací, pero prefiero verme como soy ahora.

segunda-feira, 6 de agosto de 2007

soy enterrador


Soy enterrador. Soy enterrador de cuerpos, no de almas, eso es más complicado. De eso se encarga el cura, ese hombrecillo apolillado y tétrico, que se desliza por los pasillos del cementerio como el espectro de la muerte, él sí es un verdadero enterrador de almas. Desde que lo conozco, de eso hace más de veinte años, tiene el objetivo de sepultar el ánimo de todo lo que se encuentra, incluido el del monaguillo que le ayuda en los oficios. Le he oído cosas que nadie debería decir, con tanta saña, que a veces parece que le asomase un tridente y una cola puntiaguda por debajo de la sotana. Si no supiese que no existe, pensaría que es el mismísimo demonio. Pero ya no soy capaz de creer esas zarandajas para viejas y críos, ya no me creo ninguna cosa que no vea con mis ojos, y a veces ni eso, porque después de unas horas en el bar, ni eso si quiera es una garantía. Creo en pocas cosas ya.
El otro día, en un entierro de una cajita blanca, una muy pequeña, me acorde de cuanto hace que no creo en otras vidas, en paraísos, en mentiras absurdas para pobres infelices. Uno de esos pequeños que corren por las callejuelas de la aldea, uno de esos pilluelos, se ahogó en el arrollo pescando renacuajos. El año pasado enterré a su hermanita, de dos años, la pobre madre no hace otra que parir niños y se le han muerto ya tres. No es la única, hay otras mujeres del pueblo que pierden hijos cada año, las pobres gentes perdemos vidas con cada invierno. ¿Cómo pueden aún creer en ese santo que se lleva a sus bebes al hoyo? Supongo que es como lo mío con el vino. Sabemos que no hace bien, pero alivia nuestras penas, al menos en algunos ratos.
No elegí este oficio, creo que nací para estar siempre cerca del cementerio, es como mi hogar, mi madre me parió en uno de los caminos del camposanto. Solía venir a poner flores en la tumba de sus padres, y en una de las visitas me echo al mundo en medio de todo. Nací aquí y ya nunca me fui, después de monaguillo del hombre con sotana, me llamaron al servicio militar, fue mi única salida del pueblo, pero fueron dos años muy largos, recorrí este país de ratas, empobrecido por años de necesidad insatisfecha, pisado por botas militares, hundido en el polvo de la tierra. He visto la miseria que conocía bien, en cada rincón, viajando con la caravana militar, en pueblos y ciudades.
Los despojos caen antes, yo los recojo y los pongo en su sitio, para que descansen. Al menos la muerte nos llega a todos, no importa cuanto demore la llegada, no falta a su cita. Y entonces todos pasarán por mis manos, hasta que llegue mi hora, y regrese al punto del que partí.

(fotografía del cementerio de gmnemes, noruega. Wikipedia.es)

terça-feira, 26 de junho de 2007

la tierra prometida


Y la muchacha de piel dorada se fue. Se llevo con ella una bandada de gaviotas, una estela de espuma en la bahía, una maleta con dos vestidos y un corazón tierno. Varios barcos zarpaban ese día, pero en el puerto no se sintió tanto la partida de ninguna otra persona, como lo fue la de ella.

El día había amanecido en medio de la niebla, pero a mediodía ya se asomaba el sol en lo alto del cielo, calentando todo lo que tocaba, soplaba la brisa, un día perfecto para pescar o pasear por la playa. Un día así, un día como ese, no era un buen día para partir, para dejar atrás un lugar maravilloso, una tierra acogedora bañada por las olas, remojada por el sudor de los marineros y las lágrimas de sus familias. Esos tiempos, que no corrían muy rápido para nadie, estaban siendo los más duros desde la época de odio y sangre. Después de unos años nadie conseguía olvidar la pena, la miseria recordaba a todos sus propias calamidades, roía las entrañas de los más desafortunados, reabría las heridas de los que dejaron sus ilusiones en las cunetas, de los que había tenido alguna esperanza tiempo atrás. El tiempo, su crudeza, la infelicidad, se abría paso entre algunos corazones. Aquellos que aún se lanzaban al mar a diario, aquellos que siempre amaron el salitre de sus venas, esos vivían en libertad, jugaban sus cartas, con sus vidas en prenda, pero lejos de la tristeza de tierra.
La pena se apoderaba de los corazones de los paisanos del paraíso. Y a diario partían de los puertos, en busca de El Dorado, de la tierra prometida, esa que venía entre las letras de breves cartas, envolviendo leyendas de indianos, de prosperidad, de la esperanza perdida. Aquellos que se iban, con unos trapos en una caja de cartón, se decía que al llegar al otro lado del océano encontraban la felicidad entre cañas de azucar o en las bastas extensiones de una finca en propiedad, y más historias de deseos cumplidos
Y, como tantos otros, también se fue la muchacha de piel dorada. Una jovencita, bonita, trabajadora, ingenua, y querida por los suyos. Servía en casa del maestro, desde pequeña, ayudando a una mujer de mediana edad que hacía las veces de cocinera, ama, niñera, y todo aquello que se precisase. Una mujer de gruesas manos, de enormes pechos, con un porte magnifico, y risa escandalosa, que siempre tomo a la muchacha como una hija. La chica, Madalena, tan frágil como una tacita de porcelana, pasaba sus días, de aquí para allá, detrás de los interminables faldones de la ama.
Y fue después de algún tiempo, por expreso requerimiento del señor maestro que empezó a encargarse de la limpieza de la escuelita, después de que los chiquillos abandonaran los pupitres. Todo trascurría como siempre había sido, trabajaba por algo más que la manutención y su familia no cargaba con una boca más. Pero algo alteró el contrato, algo cambiaba la situación de la muchacha al servicio de sus amos. Algo había hecho cambiar el equilibrio de sirvientes y señoritos, la distancia había desaparecido, y como ya había ocurrido antes, los frutos llegarían al cabo de algún tiempo. Y como ya había pasado otras veces, eso no podía saberse, eso desaparecería. Se ocultaba la lascivia de gentes respetables, se ocultaban los hijos de la miseria, se mataban las esperanzas entre sucios fogones, se abandonaban las almas leves a las puertas de la iglesia, o se esfumaban las personas en medio de la oscuridad. Así ocurrió siempre.
Así fue como la muchacha más bonita de mi pueblo se fue con la marea. Mi abuela lo cuenta con una pena que le encoge el alma. Madalena se fue con lo puesto, con un valioso equipaje y con lágrimas en los ojos. Mi abuela adoraba a su hermana, y siempre soñó con volver a verla, conocer a su hijo, reencontrarse aquí o allí.
Sin embargo, como mi abuela dijo, Madalena se fue como un pajarillo, en medio de un llanto, se le fue la vida en el parto, en medio del dolor, porque su cuerpecillo aún era tierno, porque no tenía a nadie que cuidase de ella, porque los pobres tienen que huir como las ratas, porque las faldas de la ama no alcanzaron a resguardarla de un depredador de juventudes. Madalena no conoció a su hijo, su hijo no conoció la tierra prometida.

sexta-feira, 15 de junho de 2007

desde el exilio


Mí querido amigo:

Después de tanto tiempo fuera, esos años malditos en que no he podido ver mi tierra, a mis amigos, a mi familia, aún recuerdo nuestros paseos por la ribera.
Aunque ahora te parezca una locura, he decidido regresar. Son demasiados los recuerdos que me llevan a tomar esta decisión, porque aquí no siento mis raíces, no amo el suelo que piso, y la acogida del principio ya no desprende el mismo calor. La nostalgia –supongo-, la edad -casi seguro-, es lo que hoy me empuja a tomar una decisión así. Será que quiero morir en mi pueblo, que mis vecinos vean mi tumba, que mis huesos descansen junto a los de los míos, o por lo menos junto a los de aquellos que aparecieron.
Sí, sé lo que estarás pensando, pero comprende que ya he renunciado a demasiado, a todo, por un sueño que al final se vino abajo como todos nosotros. La realidad siempre fue más fea, más cruel, menos nuestra.
Por los campos que hoy recorres, por esos caminos de tierra que solíamos escrutar en busca de moras o caracoles, están perdidos nuestros amigos, mi padre, mis hermanos, los tuyos, la mitad del pueblo...todo cayó bajo tierra, y supongo que ahora quiero enfrentarme al destino que burlé aquel día. Aún recuerdo, como si fuese ayer, la noche en que salí de mi casa de madrugada. No tenía ni 16, ya faltaban mi padre y dos de mis hermanos. Creo que mi madre estaba ya enferma, pero el dolor del alma no le dejaba sentir el otro. Se levantó al oír aquella camioneta que se acercaba a casa. Mi pobre madre, que ya había sufrido demasiado, solo con oír un motor en la oscuridad se ponía a temblar, sabía que solo traían sufrimiento, que solo se llevaban vidas, que solo dejaban tragedias. Por aquellos días eran muchas las familias que vivían en el terror, los que quedaban intentaban huir, esconderse, salvar el pellejo. Pero fuimos muy pocos los que escapamos. Y a mi siempre me pesará no haberme llevado a mi madre, ni despedirme de ella, ni poderle decir que no había muerto. De vez en cuando, en sueños, la vuelvo a ver, nos abrazamos, me dice que siempre supo que me salvé, me dice que está bien y que la lleve conmigo, y nos vamos. Pero en otros se hace de noche de repente, se pone muy frío, y mi madre se asusta mucho, grita, unas luces nos iluminan, nos echan el alto, y yo no puedo moverme, oigo un disparo y mi madre cae al suelo, no consigo ayudarla, y justo cuando oigo el segundo me despierto. Siempre me despierto antes de morir.
Pero después de los últimos achaques, después de todo, tal vez una noche no me despierte, y no quiero quedarme aquí para siempre. Mi sitio está allí, junto a los míos. Y tu, amigo, no te preocupes, porque si no llego, al menos habré caído más cerca. Ya le debo muchos años a la muerte, ha pasado mucho tiempo desde esa noche en que nos miramos y escapé de la bala que me asignaron. Y aunque me llena de satisfacción lo que hago en este país que me acogió, la gente a la que ayudo, no quiero que la enfermedad que se llevó a mi madre me venza cualquier día sin haber intentado volver, aunque no quede ya nada de lo que recuerdo, salvo tu, mi viejo amigo.
Hasta pronto, hasta siempre.

quarta-feira, 23 de maio de 2007

la reunión

Nunca fuy a una de esas reuniones para solteros-as, en las que se conoce a un pullado de gente en la misma situación de aburrimiento que tu. Supongo que efectivamente el aburrimiento me llevo a este punto en que me cansé de ir a todas partes en solitario, de hablar con extraños en los más insolitos lugares(por ejemplo en el gimnasio, al que me apunte para conocer a alguien, cosa que nunca sucedio), de incluirse en conversaciones ajenas(en el trabajo o en la cola del supermercado), de "hablar" unicamente por internet en los foros(quien dice foros, dice chats, mesengers, y páginas por el estilo). Por cierto que en internet se conoce a gente muy curiosa, gente por decirlo de alguna forma, porque en realidad no es gente, no se conoce y tampoco se puede llamar hablar a eso. Solo se lee en la pantalla lo que alguien escribe desde el otro lado, algo que seguramente no sea cierto, que puede escribir cualquiera y que incluso a mi edad me sorprende con mas frecuencia de la que cabría esperar.
En fin, que en un punto de la vida, si no tienes pareja, estas en un entorno que no es el tuyo, o en una ciudad extraña, o tienes una edad(digamos taitantos...), o eres el nuevo en el barrio, o todo a la vez, no tienes muchas opciones. Después de mucho tiempo de relación, sentimental, se entiene, y has dejado de tenerla, te mudas a otra cuidad, a un trabajo diferente, y los amigos comunes, y sus parejas, ya no son lo que decian, o son lo que parecen, estas en la más absoluta soledad social. Si, mi vida social era realmente lamentable, por no admitir que ficticia(por aquello de la virtualidad de La Red).
La cita en cuestión era en un café tranquilo, un poco de música ambiental, y un grupo de maduritos-as, algunos más habituales y otros como yo, más novatos. Yo descubrí el evento en un folleto pegado en un tablón anuncios.
Al llegar sentía un profundo ridiculo. Esto parece que solo lo hacen gentes desesperadas, como en las películas, o frikis, o cualquiera que no fuese yo y mi asquerosa historia de fracasos sociales. Eso es lo bueno de la red, el anonimato que te da, cuando piensas que en realidad nadie está viendo tu geta ansiosa por encontrar algo de compañía. Pero eso es precisamente de lo que me cansé, del anonimato, de la falsa compañía, de mi. cada día llego a casa y me siento enfrente del ordenador, me fumo unos cigarros, me bebo una cerveza y tecleo. No voy al cine porque siempre he dicho que no se puede solo al cine, ni salgo a tomarme las cerveza por ahi, porque supongo que no cabe beber solo en un bar, no salgo a cenar por lo mismo...una auténtica pesadilla.
Me siento cerca del grupo, relajadamente,y se acercan algunas personas, se sientan conmigo, me preguntan mi nombre, me dicen los suyo y comienzan una convesación sin estusiasmo pero amablemente. Me cuentan a que se dedican y lo que suelen hacer alli, supongo que porque saben que es mi primera vez. Los demás hacen lo mismo, todos en pequeños grupos, hablando y tomando cafe. Me relajo, escucho a aquellos extraños y me olvido de mi, por lo menos un rato en cada conversación. Algunos retoman conversaciones pendienes, cuentan anecdotas, hablan de sus ex-relaciones, sus ex-trabajos, sus ex-vidas. Esas personas han pasado por lo mismo que yo, por cosas peores, han sentido mi soledad, mi apatía, tienen absurdas manías que se han acentuado con la edad, como las mías, se han vuelto más exigentes con los demás y han decidido continuar solos el camino. Y ahora yo me siento menos original en mis penas, no siento tan grandes mis calamidades, ni me noto tan lleno de mi como al llegar. Han sido solo unas horas, he escuchado apenas a cinco personas que han querido contarme sus cosas, me he olvidado de mi vida y me ha gustado. Me he sentido tan soberbio, tan cínico, tan egocéntrico y tan viejo, como nunca.
Me voy a casa pensando en la siguiente cita, tal vez una marcha por la sierra, reflexionando sobre los fallos de mi convivencia. Escuchando los puntos de vista de un hombre y una mujer se diferencia las necesidades de ambos y se comprende lo que uno no ha sabido darle a alguien con quien compartías tu vida. Supongo que en mi vida no encontré el momento de sentarme a pensarlo. Después de tanto tiempo, no pretendia hacer autocrítica de mi, solo quería un poco de conversación, distraer mi egocentrismo, olvidarme de mi. Me siento como esas parejas aburrida el uno del otro, que comienzan a buscar a otras parejas para hacer cosas con más gente, yo siempre pense que tal vez porque no tienen nada nuevo que contarse, pero quiza lo que suceda es que es sano compartir la cotidianidad con extraños o con cercanos.
No quiero decir que aclarase mis ideas, pero ahora desearia tomar ese cafe en un bar, yo solo, pensando, y llegar a casa y tal vez hacer esa llamada que me queda pendiente de un dia para otro.