Mostrando postagens com marcador pasiones. Mostrar todas as postagens
Mostrando postagens com marcador pasiones. Mostrar todas as postagens

terça-feira, 28 de outubro de 2008

Marisa


Mi vecina Marisa era una mujer de grandes curvas, con unos senos generosos y una cintura diminuta, y aunque me doblaba la edad yo siempre pensé que era la mujer más guapa que había visto. Vivía en el 2º y yo en el 3º. Ella siempre había sido muy simpática, saludaba y sonreía cuando nos cruzábamos en el descansillo o nos encontrábamos en el portal y subía las escaleras detrás de ella, oliendo el aroma de su piel, sintiendo el roce de sus muslos en cada peldaño, y perdiendo el sentido detrás de sus nalgas durante dos plantas que se hacían terriblemente cortas. Siempre intentaba coincidir con ella, porque creo que era el mito que inspiraba mis fantasías. Cuando hacía calor, los días de sol, salía a pasear con su madre, con unos vestidos ligeros como alas de mariposa, que aleteaban al viento del verano de mis 17 años, clamorosos días de calor irrefrenable, en los que pasaba horas encerrado en el baño de mi casa. Y desde cuya ventana, asomado al patio, la veía de pasada cuando se acercaba a las ventanas o cuando coincidía con la colada y ella tendía la ropa en las cuerdas de la ventana de su cocina, sacando medio cuerpo fuera del borde, y yo, desde mi situación de privilegio conseguía ver el canal entre sus pechos, hasta podía ver como se aplastaban encima del alfeizar, y entonces es cuando ya no podía moverme, y me encerraba en mi refugio, y me masturbaba con violencia sintiendo que nunca sería para mí esa mujer maravillosa que encendía mis entrañas. Pero solo sentir su fragancia, el olor de su pelo o de su colonia o el halo que dejaba en el portal al salir de casa por las mañanas, solo con pensar en ella, se me hiela el cuerpo y me arden los pantalones, aún. Imagino lo que debe ser tener una mujer así entre los brazos, desnuda, bajo el cuerpo, o encima.

Imaginaba que no tenía un hombre porque cuidaba mucho de su madre, que era una señora mayor y estaba enferma desde hacía muchos años. En alguna noche he soñado que la besaba, que casualmente nos cruzábamos en el portal, se apagaba la luz, y en la oscuridad me acercaba y la besaba en su jugosa y carnosa boca, retiraba su melena hacia su espalda y la tomaba por la nuca, apretando mis labios a los suyos como un desesperado, hasta que me despierto, y otra vez un sueño húmedo. Y es que hace años que no la veo, pero no he borrado de mi mente el día en que descubrí el secretito de mi vecina. Después de horas de espionaje, fueron incluso días enteros, una de esas calurosas tardes en que la madre de Marisa dormía la siesta, recibió la visita de su buena amiga Paula. Paula era una amiga con la que solía verse y pasar muchas tardes, paseaban, leían y sobretodo, se rían muchísimo. Solía escuchar las risas de las dos mujeres a través del patio y recuerdo que siempre pensaba que sería algo normal entre mujeres guapas, porque a veces mi madre también reía mucho. Y en un momento, sin dejar de reírse, se acercan al ángulo que yo podía ver desde mi ventana, abrazadas, y besándose en la cara y por el cuello. Marisa quedó presa entre Paula y la pared, y entonces las dos se besaron en la boca, se besaron y dejaron de reírse un minuto tras otro y pasaron mucho tiempo así. Después Paula desabrochó uno a uno los botones del vestido camisero de mi queridísima Marisa y se fue deslizando por la piel que iba dejando al descubierto, bajando y liberando su cuerpo de sus paños, hasta que llegando a la mitad se detuvo, se quedó allí y yo ya no quise mirar más. Recuerdo que solo cerré un minuto los ojos, y cuando los abrí ya no las veía, y ese día lloré mucho, y no creo que lo entendiese del todo, pero sentí un tremendo vacío. Hoy lo veo de otra manera, y me gusta pensarlo de vez en cuando. Supongo que ha pasado suficiente tiempo, o muchos años.

quinta-feira, 9 de outubro de 2008

Los caramelos


A veces paso por una tienda de caramelos, una de esas artesanales, con un ventanal enorme a un escaparate de infitas posibilidades, pecadillos y dulces infantiles, con una puerta de cristal que al no sellar el cierre, deja salir entre sus hojas un aroma intenso a dulces de frutas y aromáticos caramelos. Me vuelvo a la infancia siempre que me paro enfrente, que me paro siempre, y miro con ojos enormes las maravillas de vivos colores y brillos hipnóticos, y me imagino que entro y compro un poco de cada uno de esos montoncitos de felicidad. Me produce una auténtica sensación de bienestar el saborear esos manjares prohibidos por la edad, las dietas, las caries y los prejuicios. Y de vez en cuando, cuando me consiento un poco más que de costumbre, me permito entrar y elegir un paquetito de alegrías de colores, otras veces uno de flores violetas, y muy pero que muy de vez en cuando, un hombrecito de caramelo. Estos son mis preferidos, los perfectos, anatómicamente irreales, sonrientes, hombrecitos de caramelo. Quien puede resistirse a uno que solo te dará placer, desde que te lo pones en la boca, y vas chupando, agarrándolo por el palito, deshaciéndolo con la lengua, desde sus orejitas prominentes, a su nariz de chocolate, el cuerpecito crujiente, hasta los zapatos. Y un rato después de haber acabado con él, aun sigo saboreándolo, chupeteando el palito vacío, desolado, que solo tiene el rastro de color marrón, de mi querido hombrecito de caramelo, dulce y breve relación la nuestra.
La vida tiene esas cosas, un poco de fantasía para olvidar la realidad, y añorar la infancia.

quinta-feira, 3 de julho de 2008

HISTORIA DE UN INCENDIO


El fuego se lo comió todo.
Ese fuego con el que jugamos durante demasiado tiempo, que ardía por las noches, que abrasaba nuestras carnes, evaporando el sudor de mi espalda y llevando a ebullición nuestra sangre con cada envestida, esas llamas de rojo encendido, de amarillo ardiente, solo nos han dejado un montón de cenizas.
Ya no somos personas, no somos cuerpos, ya no hay calor ni furia, ni aliento en mi oido, ni jadeo en tu boca, ni humedad en nuestra piel, ni color, ni luces.
Ahora, que nos hemos hecho polvo, inerte, gris, inofensivo, que se mueve solo si hay aire, que se esfuma, que se pierde por las rendijas, que pronto desaparecerá, solo ahora que todo ha pasado, en este preciso momento, es cuando pienso que quizá nos equivocamos, al dejar libre nuestros deseos y consumirnos tan intensamente. Es posible que no esté en lo cierto, pero sin duda, creo que nuestro error fue ese incendio. Pero ahora ya nada tiene remedio, porque hemos agotado nuestro tiempo.

terça-feira, 27 de maio de 2008

MI ÚLTIMO CIGARRILLO


Ahora saboreo el humo de este cigarro que me llega desde su boca, desde los labios de esa rubia de labios jugosos, que me mira con los ojos casi cerrados, que deja caer los párpados cuando la miro a los ojos, evitando los míos.
Me están matando las horas que he pasado currando, esas veinte horas al día, los turnos infernales, los años que no me perdonan una, los fantasmas que no dejan que pegue ojo las pocas horas que paso en la cama. No es el momento de pensar en volver a casa, o ciertamente lo es, porque ahora mismo me iría a casa y me metería en la cama con esta mujer o sin ella.
El cigarro se consume, nos miramos, ella mira sutilmente el reloj y me dice que es tarde. Supongo que esta no es nuestra noche, no se si realmente lo lamento. Me ofrece compartir un taxi a casa, y me escaqueo hábilmente, prefiero caminar y despejarme de camino o voy a llegar borracho a casa. Y ella me coge la mano, me agarra los dedos, pasa los suyos entre los míos, acariciándome mientras los desliza por mi mano, y entonces fija sus ojos en mis ojos, me clava la mirada, me atraviesa, siento como si perforara hacia dentro, y me susurra suavemente que no quiere volver sola a casa porque necesita un hombro sobre el que apoyarse.
Sinceramente, mi hombro hace mucho que apenas sujeta mi propia cabeza, no tengo sustento para nadie más, desde luego mucho menos para las lágrimas de una mujer como esta, eso sería lo último que haría por ella, y si eso es lo que busca, lo siento, yo no soy su hombre.
Le pido que coja su abrigo, la espero, la llevo a la calle sujetándola bajo mi brazo, la tomo por la cintura mientras bajamos las escaleras, y siento como se desliza su cadera por mi mano, noto cada pliegue del vestido rozando su piel, pegándose a mi mano, es la escalera más larga que nunca he bajado. En la calle esperamos al taxi y ella apoya su cabeza sobre mi hombro, y puedo oler su pelo, ese perfume mezclado con humo de tabaco rubio me embriaga, estoy casi delirando, supongo que hace demasiado que no sentía un cuerpo tan dulce, tan cerca, tan femenino y delicioso.
Un taxi para, abro la puerta, ella entra y yo le doy un beso en la mano que aun me había dejado, se la beso como si estuviese a punto de morir y fuese el último beso de mi vida, se la beso con los labios cerrados pero muy apretados contra ella, la beso con mucha amargura, y le digo que hoy me voy andando a casa. Ella me ha entendido perfectamente, cierra la puerta del coche y se aleja. Se aleja y yo me quedo mirando allí quieto, hasta que reacciono y me voy caminando de vuelta a mi agujero, de vuelta a la soledad de mi apartamento, al frío de la almohada, de la cama vacía, a la vigilia del insomnio. Lo que lamento es que me he quedado sin tabaco.

segunda-feira, 28 de abril de 2008

ÁNGELA.


Estoy en la puerta de El Calabozo. Desde el día que se descubrió ante mi, este sitio ha quedado flotando en mi cabeza como el humo de un porro, espeso y embriagador. Y esa mujer que canta soul, con voz desgarrada, con su propia alma en el escenario, no se me va de los ojos, sigo mirándola cuando los cierro, me la imagino mientras estoy despierto y la sueño cuando consigo pegar ojo. Últimamente no duermo demasiado, supongo que no luzco mi mejor careto, pero eso podría cambiar con un par de copas que pienso beberme en cuanto suba las escaleras, me guía la música. Me siento como una rata en Hamelin.
Atravieso las cortinas y vuelvo al pasado, con la misma escena de días atrás, el local está incluso más lleno, la barra rebosa, no me hace gracia pelear por conseguir bebida, ya no tengo 15 años. El barman pone una copa tras otra. Por fin me ve y le pido un wisky doble, sin hielo, no creo que esperara a que se deshiciera. Me lo pone y lo tengo en la barriga en un minuto, quemándome la garganta y el estómago. Me pone otro inmediatamente, es un chico listo. Ya puedo concentrarme en la música, en la mujer que canta, en la atmósfera de este sitio. Paso la noche mirando y bebiendo, fumando un cigarrillo tras otro, apenas reparo en el tiempo, y el local va despejándose con el transcurso de las horas. Es tarde, siento al camarero apoyado en la barra, detrás de mi, y le miro, él sonríe y asiente, estamos pensando lo mismo, mirando lo mismo, a esa rubia embriagadora, de larga melena suelta sobre los hombros descubiertos por un vestido de encaje negro, que ciñe su silueta con riguroso lujo de detalles, hasta las rodillas. Está algo escasa de carnes, y sus ojeras aunque ocultas bajo el maquillaje, delatan su horario de trabajo, y quizá algo más. Pero es imposible no mirarla deseando no dejar de hacerlo ni un minuto, sobretodo a estas horas.
La noche ha terminado, la música se detiene, los últimos aplausos despiden a los músicos que desparecen tras las cortinas de uno de los corredores laterales, y yo siento que mis pies se mueven, y me llevan justo a ese lugar. Supongo que con el wisky que llevo encima no puedo ser dueño de mis pasos, o tal vez es lo que quería hacer desde que entré. Reconozco el perfume, oigo voces tras una puerta, un hombre y una mujer gritan al mismo tiempo, no consigo entender lo que dicen, la puerta se abre y el tío que tocaba la trompeta en el escenario sale dando un portazo, me mira con cara de asco y se va diciendo que me olvide, que Ángela es una zorra diabólica. Ángela. Me quedo aquí plantado en el pasillo, no sé ni que espero, ni que es lo que he venido a hacer. Pero no puedo moverme, y me quedo parado como un imbecil durante unos minutos. Me muevo, doy la vuelta y me voy por donde vine. Oigo de nuevo la puerta. Una voz que conozco me detiene, me pide un cigarrillo, creo que estoy sonriendo, me llevo la mano al bolsillo y saco el paquete que solo tiene uno. Ella lo mira y me ofrece compartirlo. Si no sonrío es porque no me lo creo.

quarta-feira, 9 de abril de 2008

EL CALABOZO


Llueve demasiado esta noche. Son las 11 de la noche y creo que ha caído agua desde la madrugada pasada, sin tregua. No es posible que haya tanta agua sobre el cielo de esta ciudad. Ya no consigo encender ni un solo de los cigarrillos que llevo en la cajetilla del bolsillo. Creo que podría acordarme perfectamente de todos los santos apóstoles de la última cena, pero supongo que esos maromos no tienen la culpa de que mis pies estén aún más mojados que mi gabardina. Me voy a meter en el primer garito que encuentre abierto en este asqueroso barrio. Espero que me den una copa de cualquier cosa que me caliente las tripas, fumarme un pitillo seco y sentarme un rato a olvidarme de este maldito día.
Un bar musical. Me sirve. Voy a colarme por la puertita de luces rojizas y voy a perdonar la música por el wisky. No es que no me guste la música, pero en estos bares cutres donde a lo sumo tienen un puñado de perdedores bailando un clásico recalentado, con sabor a tabaco rancio, y quizá algún alma en pena buscando roce, lo de menos suele ser la música.
Es un edificio viejo, desde fuera se veía, pero al entrar me encuentro un recibidor como de otra época, sin duda más gloriosa que la actual, en decadencia, la escalera está apuntalada, y el mármol del suelo tiene marcados los pasos de miles de noches de fiesta.
Subo, escuchando una melodía familiar, pero la idea de que en cualquier momento podría hundirse el techo, no me abandona. En lo alto, tras un cortinaje de terciopelo verde oliva, se esconde el local, con el mismo sabor a rancio, pero con más ambiente de lo que me esperaba.
Hecho un vistazo, necesito fumarme un cigarrillo, beberme una copa, y luego tal vez le preste un poco de atención a la rubia del escenario.
En la barra hay un hueco, veo detrás a un camarero con chaleco, muy apropiado, y a una señal acude. Le pido un wisky solo en vaso ancho y con dos piedras. Le pregunto por la máquina de tabaco, y me indica que he de salir a un corredor del lateral del local. Me encamino hacia alli, pero la música se ha detenido y el público se levanta entre aplausos a rellenar sus vasos. Entre el jaleo me cuelo por un corredor, oscuro, no veo la máquina, creo que me he colado, pero huele a tabaco rubio, veo una sombra que desprende humo, me acerco al final del pasillo. Una rubia deslumbrante está fumando un pitillo, sosteniendo entr el rojo de sus labios y el de sus uñas. Me bloqueo mirando como mueve sus labios, y apenas acierto a pedirle uno para mí. Ella me mira, supongo que está acostumbrada a miradas como la que debo de tener, con cara de estúpido, la boca se debe de mover al mismo ritmo que la suya como repitiendo sus palabras. Nunca lo pienso hasta que ella se ha ido y me siento como un estúpido, pero no soy capaz de evitarlo, me enloquecen las rubias atractivas sobre todas las cosas. Se acerca a mi, muy cerca, y cuando creo que va a cogerme la mano, me susurra que coja el suyo, que debe seguir trabajando. Y sale, dejando una estela de perfume y humo, mientras yo me quedo allí sosteniendo el cigarro entre los dedos, sin fumarlo, solo miro la huella de sus labios en la boquilla, y en la primera calada, saboreo a esa mujer, su saliva, su carmín, el humo del tabaco. Ya no sé lo que me pasa, pero es como si hubiera perdido el ácido del estómago, ese que me estaba matando durante todo el día.
Salgo en busca de una cajetilla de Malboro, y con intención de beberme mi wisky, que aun me espera en la barra. Lo apuro de un trago, y enseguida le pido otro al barman.
Ahora miro al escenario, la rubia está cantando, sentada en un taburete alto, con las piernas cruzadas, descubiertas por la abertura de la falda, moviéndolas con sutileza, desde el tobillo abradazado por el cierre del zapato, hasta la rodilla.
Tiene una voz profunda, como una de esas negras que cantaban soul en la época dorada, me apuesto el cuello a que alguna cantó en este mismo local en los años 50. Un tipo toca la trompeta en un extremo del escenario, en el otro hay un piano, una batería y un bajo.
Miro una servilleta para ver el nombre del local, ni me he fijado al entrar. “El Calabozo”.

segunda-feira, 8 de outubro de 2007

TACTO


Ella estaba allí desde hacía horas, en pie, trabajando, simplemente había parado a tomar un café, a respirar aire fresco, en la terraza del centro. Cerró la puerta, tiró el vaso de plástico, se enjuagó las manos y regresó a su puesto. Al entrar en la estancia cálida y aromatizada con fragancia de naranja, sintió de nuevo ese sofoco que creía ahuyentado. Solo con un vistazo reconoció el cuerpo que reposaba, tendido boca abajo en la camilla, cubierto en parte por aquella pequeña toalla blanca, y que la saludaba con familiaridad. Por supuesto, después de unas semanas juntos, con un problema insidioso, que recurría casi cada temporada, eran casi amigos. Mientras trabajaba, no le gustaba mantener conversaciones que distrajesen su trabajo, pero aquel tipo, tan comunicativo, con intolerancia al silencio, se había entrometido en su vida, contándole todo tipo de anécdotas e intimidades en sesiones de 50 minutos, como una amistad en capítulos diarios, primero, y semanales, ahora.
La lesión a tratar se localizaba en la espalda, por tanto, cada día acariciaba el torso de aquel hombre de piel aterciopelada, desde el cuello hasta las nalgas. Siempre debía repetir los mismos ejercicios, como una rutina, pero a la que nunca se acostumbraba. Es un ejercicio fascinante, basándose en la sabiduría oriental, en la medicina occidental, en el contacto de las manos, el tacto de las pieles, la fricción. Sin duda, hay pocas cosas que se centren tanto en los sentidos, en el tacto, concretamente, y eso puede ser fascinante para alguien que lo hace como una vocación.
Hay personas que nacen con ciertas inclinaciones hacia áreas muy concretas. Podría encaminarse hacia acciones mecánicas, o actividades intelectuales o artísticas, y también las sensoriales. Ese fue siempre el campo más fascinante para ella, que podía sentir cientos de sensaciones a través de las manos, que acariciaban, o estrujaban, o sostenían todo aquello a su alcance.
Y fue así, precisamente, como terminó por dedicarse a sus aficiones. No siempre resulta un placer, claro, pero momentos como ese compensaban cientos de los otros.
Tomó un poco de aceite en la mano derecha y lo pasó por la mano izquierda. Colocó ambas sobre los hombros del hombre, deslizándolas hacia la nuca, por el cuello, de nuevo a los hombros y así, bajando desde el centro hacia los lados, por el resto de la espalda, llegó hasta la zona lumbar. Avanzando por los entresijos de su torso, sintiendo aquellos puntos de dolor, estrechando entre los dedos la piel y el músculo, mientras escuchaba como la voz de él, e incluso su respiración, se entrecortaban con cada batida, ella estaba tan alterada que podría haberse desmayado allí mismo si no se hubiese contenido. Podría dejarse llevar por su excitación, por su propia imaginación de lo que sería encontrarse frente a frente con aquel que tanto deseaba, pero no lo haría. Al finalizar la sesión, se despidió apurada, ruborizada, argumentando un trabajo urgente y salió de la sala, cerrando la puerta tras ella, y apoyando la cabeza, como asegurando su cierre, volvió a tomar contacto con la realidad de su rutina.
Deseaba poder hacer algo al respecto, pero ese no era su fuerte, solo se limitaba a tocar las teclas, no cantaba las canciones ni componía la música.

terça-feira, 24 de julho de 2007

después de todo


A la orilla del mar, esperando el amanecer, nos encontró la policía. No habíamos pegado ojo, en realidad, después de la medianoche ni siquiera habíamos hablado. Pero eso no fue por el sueño, no fue por nuestras diferencias, en el fondo, ya no teníamos nada de lo que hablar. Hace tiempo que no tenemos mucho en común, pero ha sido hoy cuando lo hemos visto claro, delante de nuestros ojos, detrás de las lágrimas. Me cuesta pensar en aquello que me hace sentir mal, me ocurre desde siempre. Me limito a fingir que no ocurre, pero tarde o temprano, como brotes en primavera, surge el fango de las profundidades de mi cabeza, del fondo del rincón donde lo alojaba, y me devora. Se come mi alegría, mis ilusiones, no me deja dormir, me quita el apetito, borra la sonrisa de mi cara, borra la sonrisa de su cara y acaba por derrumbarnos a los dos. Siempre termino salpicándolo todo con mi basura, con mis frustraciones, alrededor todo se hunde conmigo, en mí. Nunca he podido reconocerlo, aunque lo he oído decir mil veces, pero no lo he escuchado jamás. No se puede admitir que se llega a enajenar al otro con uno mismo, que lo embriagas, que lo alienas, y que lo haces apropósito.
Pero cuando ya no hay remedio, cuando la vuelta atrás es la segunda vuelta atrás, hay que seguir adelante.
Aquel agente llegó hasta nosotros, advirtiendo su presencia en la distancia, caminando con calma. Ni nos fijamos en él, hasta que delante de nuestras caras, se agachó y preguntó si ocurría algo. Tuvo que insistir, porque sumidos en un trance, mezcla de sueño y desolación, de tragedia y de alivio, ninguno de los dos reparó en aquella figura que movía los labios frente a nosotros.
Reaccionamos, yo primero, más al frente, me levante, sonreí, y con un tono condescendiente, me disculpé, y asegurando que nos iríamos a descansar agradecí el interés por nuestro bienestar. Siempre he tenido mucha labia, parte de mi fachada se compone de ella, y también eso se ha venido abajo en mi alegato, en el suyo, en nuestras diferencias.
Puede que no sea esta la última vez que me suceda, pero he creído que había encontrado un amor inagotable. He sentido que lo tenía todo, y al final lo he perdido. Lo he exprimido tanto, abusando de su grandeza, subestimando su fragilidad, que se ha acabado. Pero no ha sido una emboscada, no puedo decir que no lo intuyera, no he querido oír los ecos, he perdido el rumbo y finalmente no había camino de retorno.
Lo curioso es que haya ocurrido así, aquí, precisamente ahora.
Cuando alguien se aleja un poco, supongo, toma una perspectiva diferente, lo ve todo de otra manera, y se admite la realidad en toda su dimensión. Supongo que eso es lo que ha ocurrido. Pero lo sorprendente, quizá lo que no esperaba, es que esta vez yo no tenía el control, no era mi conversación, era yo quien asentía con la cabeza.

sexta-feira, 20 de julho de 2007

medianoche




Ella se despertó en medio de la oscuridad, hacía mucho calor, se oían los grillos fuera.
Se incorporó con mucho sigilo, apartando de su cuerpo desnudo las sábanas casi pegadas, y trató de encontrar sus zapatillas en el suelo del cuarto. Sin querer empujó una de ella, que resbaló por el piso e impactó contra uno de los muebles. Encogió los hombros, miró hacia la cama, y descubrió que unos ojos estaban observándola. Esbozó una sonrisa y salió, cerrando la puerta detrás. En la cocina, frente a la nevera, cerró los ojos para evitar la luz, y disfrutó del frío que salía por la puerta abierta. Bebió un poco de agua y dejó que una gota que escapó de su boca, se deslizase por su cuello, bajando entre sus senos hasta su ombligo. Toda la piel se le encrespó, y seguía sonriendo.
Regresó al dormitorio, desde el umbral de la puerta volvió a mirar hacia la cama, buscaba con los ojos aquellos que antes la observaban. Allí estaban, escrutando cada detalle de su cuerpo. Resaltaban especialmente en medio de la oscuridad, unos ojos grandes, ávidos de ella, deseosos de su vuelta al lecho. Un gesto con la cabeza sirvió de reclamo, ya estaba encima e las sábanas, desnuda, resplandeciente, su piel reflejaba los brillos de la noche. Él tomo su mano, la colocó sobre su sexo, sobre el miembro erecto, sobre sus ansias. Se acercó a su oído y le susurró lo mucho que la deseaba, que solo con mirarla bullía, que nunca la dejaría dormir.
Ella se inclinó sobre su pecho, le pasó una de sus piernas por encima, se sentó sobre sus muslos, dejó caer su melena encima, la deslizó haciéndole cosquillas, y luego se dejó caer, pegando con fuerza sus cuerpos. Se abrazaron, rodaron, besándose, conteniendo el aliento, se unieron. Sintiendo el roce de sus pieles, de sus bocas, los pechos, los pubis, las manos y las piernas, todo iba y venía, subiendo y bajando, en un desasosiego, jadeando, gimiendo, muriéndose de deseo, resucitándose de placer, minutos, horas.
Y sus cuerpos exhaustos cayeron al fin, se rindieron con las primeras luces del día, con los reflejos de un sol que madrugaba. Abrazados, ebrios de si mismos, se besaron, durmieron. Solo antes de ser vencido, él susurró de nuevo a su oído, las palabras que ella esperaba oír. Le dijo que nunca había estado tan guapa, que sus senos eran lo que más deseaba en el mundo, que viviría entre sus piernas, que moriría si lo hiciese, que cada noche ella se llevaba un trozo de él y que pronto no quedaría nada.
Ella seguía sonriendo, aún era temprano, tal vez no estaban exhaustos, tal vez los niños seguirían durmiendo un poco más, tal vez aun había tiempo.

sábado, 7 de julho de 2007

te has perdido?


La fiesta era un auténtico muermo, todas esas momias con las que trabajo cada día, reunidas en un mismo agujero, con la única diferencia del alcohol. Les ponen una copa en la mano y aun así siguen siendo igual de estresantes, con sus corbatas ahogándoles cada trago, esas mismas palabras saliendo de sus bocas, el mismo tono de trabajo, la misma conversación de negocios, día y noche, son como autómatas. Me da la sensación de que aun estoy en mi mesa, cerrando tratos, negociando márgenes, contestando llamadas. Necesito otro whisky, aun no he escapado de ellos. Levanto la vista de mis zapatos, los he memorizado hace dos horas y sigo mirándomelos, el camarero está libre en la barra del minibar. Me disculpo, con cara de lamentar perderme la siguiente elocuente frase, y voy en busca de la gota redentora, aflojándome el nudo de la soga, respirando aliviado. Pido mi copa, la quiero llena y con mucho whisky. Pero aún he de quedarme allí, acorralado, agotado. Hace tiempo, cuando yo era uno de esos buitres, me gustaban estas cosas. Solía disfrutar de las charlas, de la bebida, de la compañía. No pensaba en la hora de volver a casa, pero supongo que ya no soy el mismo. Ahora miro a todas estas personas y solo quiero irme, salir de aquí, estoy cansado, aburrido.
Salgo al jardín de la casa en busca de un poco de aire. Desde que dejé el tabaco no soporto el humo de los demás, me ahoga, me enerva, y en los momentos así, con una copa en una mano quisiera tener en la otra un cigarro, cosa que aun me cabrea más. La casa es enorme, tiene jardín, tendrá piscina. Por supuesto, una piscina rodeada de verde, árboles, más verde. Para perderse, pasar el resto de la velada, para perderme. Me acerco al borde, el fondo está iluminado, es como si estuviese esperándome. Todo está en calma y me siento más sosegado, respirando, en silencio, observando el agua, mirando al fondo.
Me vuelvo hacia el resto de la finca, y veo un punto rojo, bajo una sombrilla, junto a unas sillas apiladas. Sentada en una hamaca hay una figura de mujer. Me acerco, y voy distinguiendo unos pies, seguidos de unas piernas, los codos apoyados en los muslos, la cabeza agachada, el pelo mojado sobre los brazos y un cigarrillo en una mano. La mujer, al oír mis pasos levanta la cabeza, y de su boca abierta sale una nube de humo. Sale de entre unos labios que se van separando, como si se descolgasen, para después volver a juntarse, para recuperar de nuevo el pitillo entre ellos, sujetándolo casi con la comisura, como si fuese muy pesado, como si fuese a cámara lenta. Me mira con cara inquisidora, y retirando el cigarro de su boca, dejando salir el humo nuevamente, me pregunta si me he perdido. No consigo decir nada. Aún miro embelesado sus labios. Pasa una eternidad y sigo mirando como se mueven, como me preguntan de nuevo. Me siento como un estúpido, intento balbucear alguna palabra y no sale nada de mi boca. Y de repente le pido un pitillo. Ella frunce el ceño. Sus ojos, ahora un poco más abiertos, me miran con escepticismo. Me acerca un paquete, cojo uno, en pie, me ofrece fuego. Me acerco y con la cara de lado puedo ver su cuerpo frente a mí, desde los pies a la cintura, de la cintura al cuello. Es una figura etérea cubierta por un pequeño bikini, descubierta por un pedazo de tela. Las gotas de agua se deslizan por la piel de aquella muchacha de cera, de piel brillante, de cabellos sin fin, de enormes ojos, de jugosos labios.
Siento el calor del fuego, la llama del cigarro, desde los dedos, en una bocanada de humo, el calor alcanza el pecho, pero baja hacia dentro, hacia abajo, me bombea sangre. Levanto el vaso y apuro el último trago, que baja por la garganta caldeando aun más mi aliento, que ya noto como se acelera, las pulsaciones del corazón golpean mis costillas, mi bragueta palpita. Y sigo mirando la perfección de sus proporciones, el erizar de su piel, el frío en sus pezones.
Una llamada, suena el móvil. Ferreira. Me vuelvo ligeramente para responder, me está buscando, la gente empieza a irse y me espera para volver a casa. Cuelgo, y me giro nuevamente, buscando con los ojos expectantes la visión de aquella bella figura, pero ya no está, se ha ido. Desconcertado miro, escruto cada centímetro, no consigo verla, no hay rastro. Me dirijo de nuevo a la fiesta, buscando con la mirada una pista. Todos se van, salgo hacia el coche, pensando en ella, recordando su hermosura, preguntándome de donde salió y a donde se iría. Ni siquiera sé quién es, solo sé que esos minutos han compensado la noche, que he sentido vida en medio de un cementerio. He sentido vida en mi cementerio personal, he vuelto a fumar y me ha encantado.

sexta-feira, 22 de junho de 2007

hoy


Hoy, mientras pasaba por el parque, de camino al trabajo, iba mirando no se a donde, para variar, y he tenido esa sensación otra vez. Inmediatamente me he parado, es posible que derrapase, incluso. Esa vibración en el pecho, esas cosquillas en el estómago. Había en el aire ese aroma de perfume de mujer, esa fragancia embriagadora que persiste en el aire cuando ella pasa. La he olido en mil sitios, en los pasillos de mi edificio, en mi despacho, en el suyo, en mi portal, en mi casa, en mis sábanas. Pero de aquello hace tanto tiempo, que casi se me había olvidado del efecto que me producía, siempre el mismo. Es un perfume, solo, pero se mezcla perfectamente con un dulzor propio de su piel, y deja de ser lo que parecía y es lo que consigue embrujarme. No hay nada mágico en ella, todo es muy real, es casi vulgar. Ni siquiera destaca en un primer vistazo, no llamó mi atención por su belleza, ni por la gracia con que se desliza por donde pase. No es su larga melena, ni sus ojos verdes, ni su piel brillante y tersa, no hay nada visible en este sentimiento que me atormenta. Ella no tiene cuerpo, ni cara, ni piel, ni cabellos. Ella simplemente me embriaga con su presencia.
La primera vez que la vi, hacía meses que me pasaba por delante. Nos cruzamos mil veces, pero solo un día reparé en ella, y ya nunca la deje ir. Desde ese día me perdí, me evaporé, desaparecí detrás de ella. Y cuando me acerqué, cuando me posé sobre su piel, entonces ya no volví más. Ahora le pertenezco, alienado tras su aroma, demente al verla, náufrago en su ausencia. Porque desde que se fue de mi lado no soy la misma persona, ni siquiera soy una persona, me he convertido en un reflejo, una sombra de mi, en humo.
Y ahora, que después de días, semanas, meses de vagar, como una nube, vuelvo a encontrar su estela, palidezco. En medio del terror, pensando en el encuentro, tomo conciencia del mal que he sentido. Esa soledad, la desesperación por su pérdida, el dolor por la mía, por la angustia de no sentirla, por la incertidumbre de la vuelta, por mi propia inseguridad. Me he mirado a las manos, temblaban, y he conseguido oír mis propios latidos, casi jadeaba, envolviéndome en sudor, empapándome en una congoja insoportable. Y entendiendo mi derrota, la miseria de mi pobre cobardía, mi propia insignificancia, me he dado la vuelta y he encaminado mis pasos a casa.

segunda-feira, 11 de junho de 2007

besos para ti




Los besos que te mando desde aquí, no llegan hasta que cae el sol. No importa si te los envío por la mañana o por la tarde, solo se posan en tus mejillas cuando esta oscuro. Pensarás que es porque son besos muy tímidos, pero en realidad son besos lascivos, que aprovechan la penumbra, las sombras, para colarse en tu boca. Les encanta ir recorriendo tu cuello, hacia la nuca, por la espalda, se pasean por tu cintura y llegan al ombligo, y bajar. Son besos juguetones, que corretean por tu piel haciendo cosquillas, deslizándose entre la ropa, bajo las prendas que cubren tu desnudez.
Imagino tu cuerpo así, desnudo, al aire fresco de la noche, quizá a la luz de la luna, quizá en una de esas playas en las que hemos estado juntos. Sueño con tu piel, contraída por el frescor del agua, humedecida, los pezones apuntados, y puedo sentir tus escalofríos cuando me acerco. Puedo saborear tus labios, el sabor del mar, y tu lengua cálida. Acaricio tu pelo empapado, y la nuca, abrazo la espalda, siento la fuerza de tu espalda, y dejo caer mis manos hacia los glúteos, los aprieto, me aprieto contra ellos, me aprieto contra ti, sintiendo tu respiración en mi pecho, el frío de tu cuerpo en el mío, la excitación de tu sexo en el mío.
Desde tan lejos no siento los tuyos de vuelta, pero sigo enviando aquellos que se me escapan al pensar en ti. Sigo pensando en ti, añorando cada momento que hemos pasado juntos, esas noches de frío, todo el calor que compartimos. Nunca olvidaré el primer encuentro, la curiosidad, el deseo, la ansiedad que de ti tenía, tanta que sentía que se me partía el pecho al respirar. Quizá tu sentiste lo mismo, quizá tu también deseas más de aquello. No hablamos de eso, nunca hablamos. Pero en medio de la oscuridad sigo pensando en ti, en cualquier momento sigo pensando en ti.

Desde este lugar, en el que puedo ver el monte cubierto de nieve y las acacias en flor, oír los ruidos del ganado, los niños jugando, las ranas, el viento…desde el paraíso te hecho de menos. Donde esté sigo pensando en ti, sigo deseando estar entre tus brazos, en ti, contigo, en cualquier parte donde estés. Quisiera volver a las playas, a Ibiza, a Menorca, esas playas donde nos encontramos, donde nos descubrimos, al cielo.
Porque cada boca que beso es la tuya, cada cuerpo que siento entre mis brazos es el tuyo, y cada noche que comparto la paso contigo. Sigo en esas playas, vivo allí, duermo allí, sueño con ellas, no me he ido, no me iré nunca, esperando que vuelvas.

sexta-feira, 25 de maio de 2007

cuánto erotismo contenido

Hoy, que me he dado una vuelta por el mundo a ver como seguía a pesar de mi, he descubierto el erotismo de mil y un actos cotidianos. Luego, de vuelta a casa, he venido pensando si no estaría imaginándolo, y al final resulte que solo sería el mio el que estaba contenido, precisamente en mi cabeza.
El tema empieza cenando con unos amigos. Hablando del chocolate, y lo típico del sustitutivo surge en la conversación. Pero para un hispanohablante tratar de temas escabrosos en português, pues no viene teniendo la misma gracia. Aun asi todo el mundo entiende de que va lo del chocolate. Y llega el postre, mus de...chocolate, no podría ser de otro modo. Y hablando de como se "come": despacito para algunos, un poco más rápidito para otros, porque para los más ansiosos, cuando llega el final es cuando hay más emoción.
Imaginemos, un postre con un sabor intensamente dulce, una textura untuosa, que se pega alla donde contacta, lo metes en la boca apenas con la punta de la cucharilla. Si es la primera, su sabor es una explosión aromática que contacta con el paladar por la presión de la lengua, que despues lo pasa por el resto de la boca, lo desliza hacia la garganta y despues va dejando un ligero rastro en los labios. La siguiente no es tan emocionante, pero cada vez es más agradable, ya has probado un poco y te ha encantado, solo piensas en la próxima, y te gusta el regustillo que deja. Si la conversación se extiende, empiezas a sentir un poco de impaciencia porque no puedes pensar en otra cosa y por mantener las formas tienes que hablar un poco, sonreir, escuchar a los demás, esperar, y por fin llega la siguiente. Pero como has esperado demasiado ahora quieres más y una mayor. A poquitos casi has terminado tu porción, y entonces es cuando empiezas a apurar el final, con ansia, con esmero, cuidadosamente, y es exactamente ese último poquito, ese que más te has currado, el que te deja el sabor final, el que recordaras después, porque ha culminado la cena. ummmm!
Luego nos vamos a tomar una cerveza, la cerveza portuguesa es tal vez tan buena como el cafe. Aquí todo sabe más fuerte, es una cuestión de gustos, para mi son perfectos ambos.
Y entonces me fijo en cómo la gente, incluso yo, fumamos un cigarro.
Lo coges cuidadosamente, lo colocas entre los labios, apenas introduciendo unos milímetros, a mi personalmente siempre se me inclina más sobre el labio inferior, casi rescolgándose de él. Y le acercas la llama, lo aprietas un poco más, inpiras profundamente y sientes como el humo entra hasta el fondo. Esa primera calada reporta un placer que se refleja en la cara, cerrando los ojos ligera pero inmediatamente. Se siente como ese calorcillo permanece durante algun tiempo dentro del pecho. Luego hay quien deja salir el humo por la boca, abriendo los labios ligerante y dejando que se escape furtivamente, hay quien lo empuja con una exalación, en un potente chorro direccionable incluso. Y siempre hay algun alma creativa que se deleita en moldear formas imposibles cuando fuma. No es mi caso, yo dejo que el humo acompañe mi respiración, fumo lentamente, y casi siempre con cafe o cerveza. No fumo demasiado, porque no se puede acompañar como a mi me gustaria; qué seria de mi salud si, como muchos fumadores, me tomase una o dos cajetillas de cafe o cerveza al día. O me lo tomaba todo a temperatura ambiente, demasiado despacio, sin saborerlo, solo por vicio. Imposible, prefiero fumar menos y hacerlo con esas compañías, que habituarme y hacerlo sin ganas o por necesidad. Aun lo hago por puro placer.

segunda-feira, 21 de maio de 2007

un poco de brisa

Una tarde de mayo, una tarde como pudo ser esta. Un poco de sol, algo de brisa, pocas ganas de trabajar, y una invitacion a un cafe.
Es algo tan inofensivo que no despierta ni el minimo interes. Y lo que son las cosas, lo que puede llegar a complicarse algo, que al caer la noche solo pienso en olvidarlo.
La cita, un cafe en una terraza, y media hora de paseo. Salgo de casa y siento un poco de brisa en la cara, respiro, el aire esta cargado de aromas de flores. En esta altura de la primavera, los dias calurosos como hoy traen los aromas de todos los patios floridos del barrio. Adoro esa sensación, ir por la calle recogiendo todos los aromas de las plantas en flor, los perfumes de algunos transeuntes acicalados, quiza ropa tendida al sol... soy obsesivo de los olores.
Llego a mi cita, dos besos, un cafe. El cafe recien hecho, el buen cafe de portugal, tiene un aroma embriagador. Lo respiro, lo saboreo, y despues de beberlo aun tengo el aroma en la boca y llega hasta mi nariz...es casi infinito.
Un poco de buena conversación, algunas risas, un par de anecdotas, y entonces llega hacia mi una mezcla de perfume y quiza sudor. Un poco de brisa que cambia de dirección y un rato de charla al abrigo del calor, consigue desvelar la indiscrección del cuerpo ageno.
Pero lo que en principio seria desagradable, lejos de serlo, despertó en mi un inquietante interes.
Ese aroma, cargado de matices, me altero la percepción de la conversación. Me abstrajo completamente. Estaba en la silla, sentado fisicamente, pero en realidad estaba acercándome al otro extremo de la mesa. Me inclinaba sobre la silla,desde atras, aproximando solo la cara sobre sus hombros, aspirando hondo mientras, llenándome de esa intensidad creciente. El calor que desprendia su cuerpo llegaba hasta mi, un soplo me devuelve aún más calor. Respiro y me embriago profundamente. Es entonces cuando poso mis manos en los hombros, deslizo mis dedos entre los mechones de cabello que caen por la espalda. Me acerco más, sumerjo la cara entre su pelo, deslizo mis manos rodeando los brazos hasta el pecho. Mis labios llegan a la mejilla y la besan, con los labios entreabiertos. Y mi lengua saborea el origen del desasosiego. Mientras siento su repiración acelerada se acelera la mia.
Entonces, regreso a mi silla, alli donde he estado sentado, de donde no puedo moverme. Levanto la vista y encuentro sus ojos desconcertados. Supongo que no alcanza a saber que pasa por mi cabeza, y su cara muestra preocupacion. Me pregunta si me encuentro bien.
Al abrigo de una mesa voy a tener que quedarme sentado y pensando en alguna estupidez para decir y prolongar la conversación hasta recuperan la cordura, hasta enfriar mi mente, y por que no, hasta poder erguirme. Si, claro que estoy bien.
Ese fue un momento realmente incomodo, en el que perder la serenidad. Absurdo, incontrolable. Lo cierto es que lejos de volver a casa relajadamente, me paso todo el camino rememorando esa ensoñación, desordenando mi cabeza, avergonzado por el desenlace, y deseando olvidarlo para no repetirlo.