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quarta-feira, 18 de julho de 2007

diario del Francés


Me desperté en medio de la noche, estaba soñando y apenas podía respirar, el sudor me empapaba la frente, había desecho la cama, me sentía desorientado. En la oscuridad rota por los reflejos de la calle, con un brillo intermitente, sentado en la cama, recordé lo que tenía que hacer. Tenía un sabor rancio en la boca, una mezcla de tabaco y resaca. Me levanto, hacia la cocina, y casi puedo oír como se pasean las cucarachas por el suelo. Hace tiempo que nos hemos acostumbrado a cruzarnos por cualquier parte de este mugriento apartamento. Necesito una ducha, creo que apesto como si hubiese corrido la maratón, incluso puede que fuese cierto y no lo recordase, me temo que bebí demasiado ayer. Es posible que aún esté borracho, pero eso no es relevante, tengo trabajo y no importa si llevo unas copas, hago lo que tengo que hacer siempre puntual, por eso soy el mejor, todo el mundo lo sabe, el “Francés” siempre cumple. Pero supongo que no tiene nada de especial, no me importa la vida de la gente, incluso la mía me da igual. A veces no sé que hacer con ella, pero unas copas, unos billetes en el bolsillo del pantalón, y todo lo demás deja de preocuparme.
Me ducho. Me visto, enciendo un cigarro, y cierro la puerta al salir del piso. Si lo pienso se me escapa la risa, creo que temo que se escapen las cucarachas, porque no habría otra explicación.
Tengo que hacer un encargo en un garito de la calle Platerías, un sitio cutre, un trabajito fácil, nada de sorpresas, pero cada noche te la juegas, aunque eso hace tiempo que me importa una mierda. Hago lo que me piden, cojo mi pasta y me piro. Tengo que desaparecer una temporada, creo que iré a ver a un colega que conocí hace años en Barcelona. Puede que tenga algo que me interese.
Llego al bar, la hora cierta, el camarero está casi tan borracho como los dos tipos que se apoyan en la barra. Lo conozco bien, él también me conoce, le pregunto por mi cita, me hace un gesto con la cabeza hacia el retrete, solo tengo que mirarle a los ojos y entiende por donde tiene que esfumarse. Ni siquiera tengo que mover la boca. Los dos borrachines del fondo tampoco se quedan atrás, a una señal del barman, salen con sigilo. Chicos listos.
Hecho un vistazo al local, me enciendo un pitillo, miro detrás de la barra, y encuentro un cuchillo. No es lo que había pensado, pero servirá. La puerta del aseo se abre, observo detrás de una columna, puntual, por supuesto.
-Hola Krahe, Vengo a despedirte, buen viaje.
Me encantan esas frases tan dramáticas que se me escapan justo antes de rematar un encargo, de clavar un cuchillo en un cuerpo caliente. Un poco de impulso, con firmeza, un pequeño giro de muñeca, y enseguida siento un calor que escurre por la mano. Esa parte me resulta un poco más desagradable, siempre prefiero hacerlo algo más limpio. Tal vez un golpe en la nuca y una bolsa de plástico enrollada en la cabeza, es cuestión de un ratito y no deja manchas.
Espero un instante y observo como se escapa la vida de aquel hombre al que conozco, del que he oído mil historias, con el que he bebido muchas veces, y que no me importa. Hace mucho que miro como termina cada una de las personas con las que acabo, frente a sus últimos alientos, y no me produce sensación alguna.
Tengo que lavarme las manos, se seca la sangre y después es peor de quitar. Odio estos antros, apestan.
(la foto que encabeza esta postagem, ha sido tomada de www.tarantinospain.blogspot.com )

segunda-feira, 2 de julho de 2007

un tipo gris


Esto era una vez un tipo gris.
Un tipo de esos que nadie quiere encontrarse por la mañana al levantarse, uno con quien no querrías compartir el ascensor, esa clase de persona que suele ser monótona en las conversaciones, con la que los compañeros del trabajo odian tomar café, y en las fiestas de compromiso todo el mundo esquiva, porque una vez que ha bebido algunas copas es aún peor de soportar. El hombrecillo siempre parecía llevar la misma camisa, y como es lógico, ese olor propio de alguien que no cuida su higiene, entre ácido y picante, como podría oler el aliño de una ensalada de cebolla.
Este personaje se paseaba por ahí, con naturalidad, ignorando su propia miseria, su insustancialidad, su simpleza. La monotonía de su vida no le perturbaba, la seguridad que le aportaba suplía las demás carencias, la apatía iba consumiendo poco a poco su espíritu, y ni decir de su juventud, que había escapado con el último de sus cabellos, y de eso hacía ya años. Su rutina diaria, se basaba en el trabajo, papeleos, burocracias, un descanso a la hora del café, que solía tomar solo porque no le gustaban las frívolas conversaciones de las demás personas del departamento, porque en realidad estaba tan desfasado de las cónicas sociales, que se perdía apenas empezaban. Eso nunca le quitó el sueño, se sentaba en un rincón de cualquier mesa y ojeaba un periódico sin demasiado interés hasta que el café se enfriaba, lo bebía de dos sorbos y se fumaba un pitillo.
Por las tardes, de las que disponía a voluntad, paseaba por el parque si el tiempo se lo permitía, tomaba algún otro café, fumando siempre, o veía los partidos de fútbol de la televisión, sin entusiasmo, solo por distraer las horas. Intentaba no pasar demasiado tiempo en casa, eludía la cena, intentando no coincidir para sentarse al lado de su madre en la cocina. Vivía con ella desde que nació, y sentía que le había dedicado ya demasiado tiempo, no le quedaba mucho por decirle, y no soportaba escuchar lo que ella le contaba. No la soportaba. Pero en el fondo eso tampoco era un problema en su vida, simplemente debía tomar algunas precauciones.
Siempre el mismo horario de trabajo, las mismas actividades, variando la hora de llegada o fumando algún cigarro más en el portal.
Un día al llegar a casa, encontró las luces apagadas. La televisión en silencio, la cocina no olía a esas asquerosas frituras de pescado habituales, era algo extraño, muy raro, pero aún así no se inmutó. Casi aliviado se preparó un bocadillo y se acostó, se fue a dormir sin preguntarse que habría cambiado. Al día siguiente, al regresar a casa, todo estaba exactamente como la noche anterior, como esa misma mañana. Algo contrariado, siquiera tranquilo, hizo exactamente lo mismo. Únicamente, al meterse en la cama, intento recordar si su madre, en una de esas conversaciones que ella tenía y él ignoraba, le habría anunciado un viaje o tal vez un ingreso en el hospital. La gente mayor suele planear ese tipo de cosas, pero él no conseguía recordarlo. Y sin mucho desasosiego, se durmió. Fue al trabajo, regresó a casa, y al entrar en la cocina encontró un gato pareándose por la encimera. Eso no le gusto demasiado, lo espantó con un folleto de propaganda y cerró la ventana. Algo molesto avanzó por el pasillo, dispuesto a dar un portazo en la primera puerta que encontrase abierta. Y de nuevo encontró un gato, paseándose por la alfombra con total tranquilidad, restregándose por el marco de su cuarto con impúdico placer. Eso consiguió despertar un verdadero malestar, un sentimiento real en un tipo acorchado, tremendo malestar. Dispuesto a atrapar a aquel intruso, corrió por el pasillo, casi en cuclillas, intentando agarrarlo por el cuello. El pasillo de esas casas viejas de Madrid podría servir para los 100 metros lisos, asi que estuvo dando carreras hasta casi el kilómetro, de un extremo al otro de la casa. Eso lo enojó en serio, estaba furioso, sentía ira, pero el animal se escabullía con maestría. Ya le flaqueaban las piernas, estaba desentrenado incluso para subir escaleras, así que aquello lo destrozó, sintió una punzada en el pecho, un dolor que le cortó el poco aliento que le quedaba, sparecía romperse algo por dentro, como si le aplastasen las costillas y solo respirar fuese insoportable, el dolor le alcanzaba el brazo izquierdo, perdía la sensibilidad, se le nublaba la vista. Casi apunto de desmallarse, se arrastro por la pared del largísimo pasillo, en busca del teléfono. El único que aún funcionaba era el del cuarto de su madre, así que empujó la puerta, que estaba abierta, y sin encender la luz caminó hacia la mesilla de noche, pero tropezó y calló. Casi agónico intentó descubrir aquello que le había hecho caer, y alcanzó a distinguir la silueta del estúpido gato que le estaba matando. Pero aún vió otro, uno que estaba sobre algo que había en el suelo. Después de unos segundos, en los que sus ojos se adaptaron a la penumbra, y solo después de perder la respiración, comprendió horrorizado la lógica de toda aquella escena. Fue en su último aliento, en el que entendió donde había estado su madre, porque había varios gatos en su casa, cual sería su destino, y que lo compartiría, como toda su vida había hecho, con su madre.
(esta historia está encabezada por Mini Yo, mi lindo gatito. Espero que le guste)

segunda-feira, 11 de junho de 2007

tequila


Apoyado en la barra del mugriento bar de la calle Platerías, Krahe se sentía abatido. Una sonrisa se difuminaba en sus labios, un cigarrillo se consumía entre sus dedos y él miraba como el humo huía hacia el infinito, justo donde iban a parar sus pensamientos.
Aún tenía en la cabeza ese sonido, repetitivo, esa sensación ácida, como de algo que quema en el estómago, o quizá una corazonada. Otras veces, tantas ya, que ni siquiera sería capaz de enumerar una parte, se había sentido de manera parecida. No llegaba a ser un sentimiento de culpa, pero la edad está debilitándolo.
El camarero, un tipo muy campechano, siempre, al ponerle un vaso con tequila, como de costumbre, lo acompañaba y luego le ponía otro. Ese si era un buen trago. El tequila tiene ese sabor, ese calor, que se siente mejor en compañía. Por eso siempre volvía al mismo bar después de un trabajo terminado. Quizá todo el mundo lo supiera, si alguien quería buscarlo al final de la jornada, ese era el punto de encuentro. No se lo había planteado, pero que un desconocido le buscase para un trabajito en ese sitio, quizá antaño le habría hecho sospechar, pero ahora ya no reparaba en esos detalles. La edad también le había vuelto confiado, descuidado incluso, ya no se preocupaba por los detalles, por cuidarse las espaldas como había hecho años atrás. Por eso de vez en cuando sentía su fin tan cerca, quizás por eso mismo le sobrevenía esa angustia, los sudores, las pesadillas, el dolor de cabeza, el ardor en las entrañas.
Otro síntoma del avance de la edad, un avance muy por delante del que le gustaría, era la necesidad de mear. Pasarse por el retrete cada hora, era habitual, pero a fin de cuentas era para lo único que le la sacaba. Y siguiendo esa llamada, y haciéndole un gesto al barman para rellenar su vaso, se va al servicio. Se sabría cual es la puerta de aquel apestoso agujero, solo por el hedor que desprende, una mezcla de amoniaco y mierda.
Pero al volver algo olía aun peor. No había ni un alma en aquel lugar, ni el camarero, ni los borrachos, nadie. Qué podría haber pasado en ese minuto. Quizás alguien había pedido al personal un poco de intimidad. Todos, en ese mundillo, sabían cuando las cosas se ponen feas y hay que evaporarse por la puerta de atrás y sin hacer ruido ni preguntas. Por lo visto alguien había entrado con esa pinta. Pero en el local no se veía a nadie. Y entonces apareció una sombra detrás de una columna, dejando salir un chorro de humo de su boca, con una voz ronca, le saludó. Krahe ya sabía que aquello iba a llegar tarde o temprano, en este negocio siempre se acaba así, entre sombras, la gente se va en silencio, discretamente, en una bolsa de plástico.
Y antes de poder pensarlo siquiera, sintió un dolor agudo en medio de la barriga, una punzada, y se miró. Una empuñadura negra sobresalía de su camisa, y algo empapaba toda su ropa, rezumando de la herida, la sangre brotaba, y el dolor se extendía hacia arriba. Con una mano sujetando el cuchillo sintió como se le escurría la vida entre los dedos, como se escapaba y el dolor lo invadía. Perdió las fuerzas, calló de rodillas, apenas podía respirar, en cada movimiento el dolor aumentaba aun más. Y cayó, cayó completamente, empezó a oír su corazón, escuchaba los latidos más lentos, más lejos, y no podía pensar en nada, solo en aquel dolor que empezaba a alejarse, y el frío, un frío helado invadiéndole. Ya no oía nada, solo sentía sueño, frió, y se paró.
Allí tendido, en el suelo de un sucio local terminó sus días Krahe. Yo me enteré tiempo después, no me sorprendió. Es lo habitual, la gente muere, y al final ni te sorprendes, solo piensas en lo qué faltará para ser uno de ellos, cuándo te tocará a ti, cómo lo harán contigo.

segunda-feira, 21 de maio de 2007

el tabaco terminara contigo

Entre los dedos siempre un cigarrillo, las nicotina impregnando sus manos, y un ronquidito al respirar que se oia desde unos metros antes de avistarlo. En cualquier lugar que lo encontrase, siempre rezumaba humo, envuelto en un halo de olor rancio. Era un tipo gris, como la ceniza de sus colillas. Sería la típica persona que, en un vistazo rápido y poco cientifico, aunque no por ello menos cierto, uno sentenciaria a un dramatico cancer de pulmon, de esos que consumen al fumador en cada calada.
Lo ultimo que supimos de él fue lo que se contaba en el barrio. Nunca tendre la certeza de que aquello fuese cierto, pero la gente no puede evitar comentarlo todo, en cualquier esquina y frente al primer desconocido que se cruce. Eso es lo que sucede en una calle con demasiada gente aburrida, sumergida en sus cotidianidades, a la que cualquier salida de la monotonia le fascina, y flota durante dias en sus cafes de sobremesa. Pero sin credibilidad y con todo, no se me va de la cabeza. Es más, incluso yo, que no me presto a chismes de escalera, lo he comentado en más de una ocasión.
El pobre y triste fumador, un dia aparecio muerto en su casa. Se lo encontro la vecina que le aseaba la casa, y en cierto modo se ocupaba de él. La mujer salió al rellano envuelta en lagrimas, gritando con desgarro.
El pobre hombrecillo, consumido en si mismo, en los puros huesos, con la piel arrugada como el papiro antiguo, estaba tendido en el suelo de la cocina. Sólo lleveba puesto el pantalón del pijama y una zapatilla. Las manos sobre el piso, la cara de medio lado reposaba en un charquito de sangre seca, y sobre una de las encimeras un cenicero con un par de colillas.
Que lástima debió de darle a la buena señora ver aquella silueta de fantasma, tendida en el suelo, como un auténtico cadáver. Y además muerto, claro.
Pues según se ha dicho por aquí, cada cual saque sus propias conclusiones, que yo tengo ciertas reticiencias en acreditarlo cien por cien, nuestro personaje tenia una fuerte dependencia del tabaco, pero estaba tratando de librarse de semejante mal. En tal plan se incluia, digamoslo asi, una "salidita de emergencias". Esto es, que en caso de extrema necesidad el casi-ex-fumador guardaba un paquetito de cigarrillos encima de los muebles colgantes de la cocina. Supuestamente, y acuciado por un irrefrenable síndrome de abstinencia, el pobre se encaramo a una silla, perdiendo el equilibrio en la hazaña, y estrellando su sesera contra el granito de la encimera. Semejante fatalidad fue a terminar con él en el acto, según se ha dicho.
En un intento desesperado por ponerse a salvo de tan maligno vicio, una sola "recaida" le costo la vida.
Con perdón por las licencias literarias, supongo que es para cuetionarse algunas cosas. La historia no estará ya en su versión original, porque como todo lo que pasa por muchas manos, va perdiendo su forma inicial. Sin duda es un tema que ocupo muchas conversaciones, mismamente me rondo por mi cabeza, no sabria ni especificar cuanto, pero ahora que ha pasado algo de tiempo, ha perdido parte de dramatismo y puedo contarlo con naturalidad.